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El Anciano Paisios Del Monte Athos

(1924-1994)

Protopresbítero GEORGIOS CHR. EFTHIMIOU

n el verano de 1975 tuve la suerte de trasladarme por vez primera al "Huerto de la Virgen", al Monte Sagrado del Athos. Visité diversos monasterios centenarios, reverencié muchos de los inestimables tesoros del santo lugar, es decir, reliquiassagradas de mártires y santos de nuestra fe Ortodoxa, así como santos iconos. Participé en los largos oficios nocturnos diarios, que se sellan con la ceremonia de la Divina Liturgia, temprano por la mañana. Me senté a la austera mesa monacal, donde todo terecuerda que comes y vives para luchar por tu salvación, y no vives para comer, donde la conmovedora lectura de los Padres aspira a transportar la mente de los comensalesal cielo. Tuve trato con monjes conscientes, quienes, inspirados por el amor divino y obedeciendo al consejo de San Basilio el Grande, "cuida de ti mismo", negaron el mundo, pero no al hombre, por quien oran con incesante amor y "con muchas lágrimas"(Hechos 20, 19) en su celda y en el templo, durante las santas veladas. En esta visita, a pesar de mi deseo, no conseguí encontrarme con el Anciano Paisios, que entoncesestaba retirado en la celda de la Santa Cruz, del Monasterio Estavronikita.

Ello tuvo lugar más tarde, "cuando llegó la plenitud de los tiempos" (Gal. 4, 4). Pero lo que recibí de este hombre de gracia en mi primera peregrinación al Monte Athos fueron las palabras características de un compañero de peregrinación, hoy profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Salónica, que se había encontrado con él y que me dijo que "su amor te deshace", algo que yo mismo pude comprobar más tarde.

De este auténtico hombre de Dios me ocuparé brevemente a continuación, al igual que en el pasado tuve la ocasión de presentar mi testimonio sobre mis honrados padres espirituales, el Anciano Porfirio y el Anciano Jacobo.

El martes 12 de julio de 1994 reposó en la paz de Dios en el Sagrado Retiro de San Juan Evangelista, en Sourotí de Salónica, el bendito Anciano Paisios del Monte Athos.

Este verdadero hombre de Dios, que en el mundo se llamaba Arsenio Eznepidis, nació el 25 de julio de 1924 en Fárasa de Capadocia de padres devotos, Pródromo y Eulampia.

Pocos días después, el 7 de agosto, debido a apremiantes y terribles circunstancias, fue bautizado en Fárasa por el santo Arsenio Hatziefenti y recibió el nombre de Arsenio.

Antes de cumplirse un mes de su nacimiento, se vio desarraigado junto con sus padres, parientes y demás farasienses del hogar de sus ancestros y emprendió el camino del exilio.

El barco de refugiados llegó a la metrópolis de Grecia el 14 de septiembre. La familia del Anciano, antes de instalarse definitivamente e en Kónitsa en 1926, residió por breve tiempo sucesivamente en el Pireo, en Kastro de Corfú y en un pueblo cercano a Igoumenitsa. En Kónitsa realizó sus estudios primarios y a continuación trabajó como carpintero hasta 1945, cuando entro al ejército. Su servicio militar, en aquellos años de la Guerra Civil, duró alrededor de cuatro años, hasta 1949, cuando el radiotelegrafista Arsenio Eznepidis se licenció con conducta "excepcional".

En 1950 fue a MonteAthos a fin de realizar el sueño de su vida, vestir el hábito angelical.

En 1954, en el Monasterio de Esfygmeno, donde se encontraba como novicio, tuvo lugar la ceremonia de " Rasoefhi" (bendición de los hábitos), y tomó el nombre de Abercio.

En 1956 se encontraba ya en el Monasterio de Filoteo. Allí recibió el "mikro schema" (hábito menor) y tomó el nombre de Paisios.

En 1958, a petición de los habitantes de Kónitsa, que se encontraban en peligro espiritual debido a la "incursión" de protestantes que habían hecho prosélitos a ochenta familias pobres, se instaló en el Sagrado Monasterio de la Natividad de la Virgen de Stomio, junto al río Aoo. Allí permaneció como asceta durante tres años, ayudando enormemente a los habitantes de la zona que recurrían al monasterio.En 1962 lo encontramos como asceta en la celda de los Santos Galación y Episteme en el desierto del Monte Sinaí.

En 1964 regresa al Monte Athos y se instala en la Celda de los Santos Arcángeles, del Eremitorio de los Iberos.

En 1966, debido a una grave enfermedad, fue sometido a una intervención quirúrgica, en la cual se le extirpó gran parte de los pulmones.

En 1967 se instaló en la Celda de Hipacio del Monasterio de Lavra en Katounakia, para practicar el ascetismo más intensamente.

En 1968 recibió el "megalo kai angelikó schema" (hábito mayor y angelical) de manos del padre Tychón, en la Celda de la Santa Cruz, del Monasterio Estavronikita. En esta celda se instaló tras la muerte del padre Tychón, el 10 de septiembre de 1968, y en ella vivió como asceta hasta 1979.

En 1979 se instaló en la Celda Panagouda del Monasterio de Koutloumousio, cerca de Karyés. Allí permaneció hasta 1993, practicando el ascetismo y recibiendo a millares de personas que lo visitaban para compartir con él su dolor y para pedirle su consejo y oración. En estos benditos y fructíferos quince años de permanencia en la Celda Panagouda Dios me concedió la ocasión de visitarlo varias veces y de conversar con él.

Recuerdo la ansiedad con la que ascendí por el sendero que llevaba a Karyés, el centro administrativo del Estado del Monte Athos, hacia la Celda del Anciano. La dulce espera de mi encuentro con este verdadero hombre de Dios inundaba mi corazón y ponía alas en mis pies.

La espera ante la puerta del patio de la Celda era mayor o menor según los casos. El Anciano tenía el cuidado de "endulzársela" al peregrino con diversos dulces y agua, que había en aquel lugar permanentemente.

Es característica la incitante inscripción que había escr ito: "bendición. Comed". Pero además de lo referido, había allí unos rudimentarios asientos para que los peregrinos que aguardaban pudieran reposar, y varias vestiduras que podían ponerse para no enfriarse, ya que llegaban sudando. ¡Tanto cariño, tanto amor, tanta atención para con todos!

En un momento dado se abrió la puerta de la Celda, ese viejo y pobre edificio, y apareció el Anciano, que estaba en su interior ocupado en el ascetismo y en la cordial oración por la salvación de su alma y la de sus hermanos. Su rostro era jovial, alegre, y su ánimo cordial. Nos recibía y nos hacía sentarnos donde los asientos eran trozos de troncos de árboles. Con una mano nos saludaba y con la otra nos ofrecía un dulce y agua.

Allí, bajo los árboles, con los pájaros "salmodiando", el Anciano empezaba a dirigirnos "palabras de vida eterna" (Jn. 6, 68), bien a partir de las preguntas de alguno de nosotros, bien por sí mismo, basándose en informaciones "de arriba" sobre las necesidades de cada uno de nosotros. Y ahí está lo admirable. Los peregrinos eran de diversas edades, profesiones, caracteres, nivel espiritual y cultural. Unos tenían consciencia de quién se encontraba ante ellos y de lo que buscaban.

Otros acudían por curiosidad, porque habían oído hablar de él. Y otros llevaban un ánimo negativo y de disputa. Y él, guiado por el Espíritu Santo, ofrecía "habida cuenta la necesidad de cada uno" (He. 2, 45).

En relación con lo expuesto, no olvidaré la conducta del Anciano frente a un español, papista, estudiante de Bellas Artes, que se encontró entre nosotros en una visita al "patio de huéspedes". En cierto momento el Anciano se volvió con interés y ternura hacia él, empleando algunas palabras y frases en italiano, que recordaba de la época de la ocupación italiana, para comunicar con él. A continuación le dio en griego muchos consejos y reveló muchas verdades que, como nos explicó, el Espíritu Santo le ayudaría a sentir aunque la diferencia de lengua no le ayudara a entenderlas. Dijo, más concretamente y con intención, a la observación de otro visitante de que "el estudiante extranjero no entiende eso que le está diciendo en griego", que "lo que debe entender, lo entenderá".

Lo que aconsejaba a cuantos lo visitaban era que encontraran un padre espiritual. Por ello veíais que, después de dar algunas respuestas o consejos a las preguntas y cuestiones que le planteaban los hombres, los remitía finalmente a su padre espiritual para que dejaran allí, bajo su estola, el peso de los pecados que eran la causa de sus problemas.

De este modo, muchísimos cristianos que vivían de modo autónomo, egoísta, como huérfanos, "como ovejas sin pastor" (Mt. 9, 36), oían su consejo, encontraban un padre espiritual, vivían de modo eclesiástico, y cambiaba su vida y la vida de los que les rodeaban. En este punto quiero referir algo que el Anciano aconsejaba siempre a los visitantes casados. "Tened, decía, el mismo padre espiritual que vuestra esposa.

Porque como el carpintero pule dos tablas con el mismo cepillo, vuestro padre espiritual pulirá con el mismo "cepillo" el carácter de ambos cónyuges y los hará complementarios. Mientras que, si tenéis uno diferente, tendréis dificultades".

Quiero referirme también a algo muy importante que dijo el Anciano en cierta ocasión. Estaba con otras personas en el "patio de huéspedes", cuando llegó otro grupo de gente, entre los cuales se contaba un profesor titular de la Facultad de Medicina de la Universidad de Atenas que sentía gran devoción por el Anciano. El profesor preguntó al padre Paisios con dolor, interés y amor: "Hay, Anciano, compañeros míos, médicos, que tienen buena voluntad, buenos sentimientos, "entrañas misericordiosas" (Col. 3, 12), pero no creen. ¿Qué podemos hacer por ellos?". "Escúchame, le dice el Anciano, reza por ellos, porque con tales condiciones tienen derecho a la misericordia de Dios".

Algo parecido había dicho en otra ocasión sobre ciertos profesores y maestros, el siempre era firme y inamovible "en lo que aprendió y aceptó" (II Tim. 3, 14).

Sabía y enseñaba "por la palabra y la acción" (Rom. 15, 18) que en las cuestiones de la fe no caben dudas, negociaciones ni concesiones. Tenía clara consciencia de que la mayor desgracia y el mayor peligro para el cristiano es negar su fe y dejarse llevar AL error. Como sabemos, muchos hombres engañados y no reposados, incitados por su fama, acudían a conocerlo y a conversar con él de sus problemas existenciales. Es cierto que muchos de ellos acudían hundidos en el error y regresaban convertidos, dirigiéndose al padre espiritual para lo restante. Dado, pues, que el implicarse en alguna de las sectas y pseudorreligiones que han inundado también Grecia especialmente en los últimos años, así como el proceder a ritos, ceremonias de iniciación y otras acciones demoníacas, de las que otros los incitan a ser miembros, conlleva la negación consciente o inconsciente de la fe en la Trinidad de Dios, en Cristo, la Iglesia y el Bautismo, había preguntado al Anciano: "¿Qué debemos hacer con estas personas, cuando se arrepienten y quieren volver a la Iglesia?"

"Celebrarás, dijo, el Oficio del que regresa a la Iglesia Ortodoxa. Los  que regresan, se retractarán con libelo de repudio de la mala fe, reconocerán la fe de la Iglesia, proclamando el Símbolo ("Profesión") de la Fe, y entonces los uncirás con Santo Óleo".

A todos nos preocupan nuestros seres queridos difuntos, su situación y qué podemos hace por ellos. A este respecto preguntamos al Anciano y le pedimos respuestas convincentes. Él, con énfasis, nos aconsejaba que rezáramos mucho por ellos. "La oración, decía, los oficios en memoria del difunto, las liturgias, las limosnas, son muy beneficiosas para los difuntos". E incluso, completaba, "rezad más por los difuntos que  por los vivos. Porque aquellos por sí mismos no pueden hacer nada ya, mientras que nosotros podemos ayudarlos, atrayendo con la oración y los otros medios referidos la misericordia de Dios, de modo que mejore o cambie su situación, pues aún se encuentra bajo juicio". Y terminaba diciendo, a su peculiar manera, "¿acaso es algo insignificante que gracias a nuestras oraciones nuestro difunto pase de un oscuro sótano a un apartamentito soleado?".

Una vez comentó. Había un suicida, que había puesto fin a su vida tirándose al río desde un puente. Este hombre, según decía el Anciano, se arrepintió mientras caía, pidió perdón, su arrepentimiento fue aceptado y su alma fue recogida por un ángel Del Señor. Para que aprendamos, para que no nos desesperemos, para que recemos por nuestros hermanos pidiendo misericordia a Dios, y para que no nos convirtamos en jueces de los demás, de acuerdo con las palabras de San Isidoro de Pelusio: "no te adelantes al juicio de Dios" (PG. 78, 377).

Es unánimemente reconocido por la tradición eclesiástica que el mayor enemigo de la salvación del hombre es la soberbia. Esto, por otra parte, viene señalado por lãs Santas Escrituras, donde entre otras cosas se refiere que "Dios se opone a los soberbios..." (Prov. 3, 34) y que "todo el que se ensalza será humillado" (Lc. 18, 14). Por el siguiente caso, que fue relatado por el Anciano en una visita, comprobamos que la soberbia no es un lamentable privilegio de los famosos, los ricos y los letrados sólo, sino que se encuentra también entre los más insignificantes, pobres e incultos de los hombres.

Tal era un pastor, que un día conversaba con el Anciano en la época en que éste vivía en el Monasterio de Stomio, cerca de Kónitsa. Durante su charla, el perro que guardaba el rebaño se acercó a comer la comida del pastor, que estaba dentro de un plato algo más allá. El pastor se dio cuenta de la intención del perro y con un movimiento rápido cubrió el plato y evitó el daño. Entonces se volvió ensoberbecido hacia el anciano y le dijo "¿has visto, monje, qué listo soy y cómo he conseguido salvar mi comida?"

Refiriéndose a este hecho, el anciano señalaba el peligro de la soberbia, que corremos todos, y la necesidad de vigilar, arrepentirnos y ser humildes para evitar la tentación por la derecha.

En una visita preguntamos al Anciano con respecto a la limosna. Su respuesta fue categórica, que debemos practicar esta gran virtud cristiana, recomendada por Cristo al bendecir a quienes la ejercen en el Sermón de la Montaña con las siguientes palabras: "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia" (Mt. 5, 7). En especial nos incitaba a ayudar a las viudas, huérfanos y en general a las personas que se encuentran en una gran necesidad. Ellos, decía, al recibir la ayuda rezan de corazón por nosotros y nuestros difuntos, diciendo de ellos: "¡Dios, perdónalos, que sean santificados sus huesos!" y Dios escucha sus profundas súplicas. A la pregunta de que a menudo nos atormenta el razonamiento de que los que piden limosna pueden ser farsantes o utilizar nuestra limosna para fines perjudiciales, respondía que en estos casos lo correcto es observar con discreción el mandato de Cristo, dando al menos una pequeña cantidad, y que Él se ocupará de que el dinero vaya a parar adonde debe. E incluso relataba ampliamente los modos mediante los cuales esto tiene lugar.

Es bien sabido el lamentable estado del mundo, que "está todo sometido al maligno" (I Jn. 5, 19), y las dificultades que afronta el cristiano consciente, en cuanto es "angosta la puerta y estrecha la senda que conduce a la vida" (Mt. 7, 14). Los "enemigos del hombre", el diablo que "como león que brama, ronda en torno vuestro buscando a quién devorar" (I Pe. 5, 8), el hombre antiguo, el sometido a la ambición de la carne y el mundo, el subordinado del diablo, que presenta de modo atractivo sus deseos, combaten rabiosamente contra el cristiano, que literalmente "camina entre lazos" (Eclesiástico 9, 13).

A la angustiosa pregunta que padres de familia cristianos dirigían al Anciano, sobre qué deben hacer para afrontar estas terribles situaciones, él dio a dos personas diferentes respuestas que revelan la salida del asfixiante cerco de la realidad cotidiana. A uno le dijo que nos libraremos de todo ello y nos salvaremos, si "nos aferramos a nuestra Iglesia". Al segundo le respondió, en otro momento, y como explicación de lo anterior: "acudid a la iglesia, confesad, comulgad, y alcanzaréis el término medio".

Es conocida la exhortación de San Basilio el Grande, "cuida de ti mismo" (P. G. 31, 217 B) y el homónimo consejo de los santos Padres para un permanente autocontrol del cristiano. El Anciano Paisios, nos aconsejaba que nos examináramos a nosotros mismos para ver "cristianos de cuántos quilates somos".

He dejado para el final dos consejos que me dio el Anciano, cuando lo visité a este fin, sobre la definitiva confirmación de Dios en cuanto a mi entrada en el sacerdocio.

Era el 1 de noviembre de 1986, cuando la Iglesia honra la memoria de San David el Anciano. En la húmeda tarde de otoño bajaba lleno de ansia desde Karyés hacia La Celda del Anciano, la Panagouda. Algo más abajo del Monasterio de Koutloumousio, empezaron a acompañarme dos perros. Me antecedían por el sendero, que no conocía muy bien. Cuando me hubieron llevado ante la puerta del patio de la celda y salió el Anciano a recibirme, les dijo con intención: "venga, podéis marcharos ahora". Y ellos, como Buenos "subordinados", se retiraron inmediatamente, después de haber cumplido con su misión. Esta vez el Anciano me recibió en su celda, donde ardía la leña en una estufa. Tras la "clásica" invitación, pasamos a la capilla de la celda. Le referí el motivo de mi visita y, tras su respuesta sin reservas, y conmovedora para mí, "desde luego que es la voluntad de Dios", conversamos sobre diversas cuestiones. Allí, entre otros, me dio los siguientes consejos, que repito esperando que ayuden a mis hermanos como me ayudaron a mí. Su primer consejo fue: "no pongas tus planes por delante de los planes de Dios". Estas palabras fueron redentoras para mí. Me liberó de la angustia y la agonía. Me enseñó a anteponer siempre la voluntad de Dios en mi vida a mi propia voluntad, a pedir a Cristo que abra el camino de mi vida a diario y que me guíe en todo. Y he visto a través de la experiencia cotidiana de tantos años que Cristo sabe y puede "dirigir" de modo óptimo, cuando lo amamos, confiamos en él y se lo solicitamos libre, voluntariamente y sin reservas.  Y todos nos damos cuenta de la importancia que esto tiene, especialmente para el servicio del pastor de las ovejas racionales y para los creyentes que Cristo le ha confiado.

Su segundo consejo fue: "Da gracias a Dios por lo que eres, lo que tienes y lo que consigues; al darle las gracias, te darás cuenta de que no son logros tuyos personales, sino dádivas de él, y serás humilde". Cualquiera puede darse cuenta, sin necesidad de muchos comentarios, de la importancia de este consejo del Anciano, que de manera sencilla, pero "cuadrada", lleva al hombre al autoconocimiento y al equilibrio, lejos de los dañinos complejos de inferioridad y superioridad, así como del mortal enemigo Del hombre, la soberbia. Estas palabras del Anciano me recuerdan siempre lo que escribe San Pablo "¿Qué tienes que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?" (I Cor. 4,7).

Sé que se han escrito miles de páginas sobre el Anciano Paisios. Y estoy seguro de que se escribirán muchas más. Con este trabajo no tenía la intención de añadir yo también algunas páginas a las muchas existentes.

La presentación de mi testimonio personal, seis años después del reposo del bendito Anciano, es un deber de honor y reconocimiento a aquél, que con la providencia de Dios me ayudó en elecciones decisivas de mi vida y sigue ayudándome en mi servicio pastoral mediante sus oraciones y los consejos que me dejó. Asimismo, el trazar estas líneas es un deber de amor a mis hermanos, para que conozcan a este hombre auténtico y la divina voluntad de Dios tal y como fue formulada a través de su boca, pidiendo que se les haga también a ellos voluntad de salvación.

 

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