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Iglesia, escuelas y ciencia
durante la dominación turca

CONSTANTINOS GALLOS

La importancia de la Iglesia como institución educativa, y su contribución al desarrollo de las Ciencias Naturales.

La época de la dominación turca es para la nación griega fuente de ejemplos vivos de moral y magnificencia. A pesar de las conocidas desgracias nacionales, el dolor físico  y las humillaciones, constituyó el principio del alumbramiento de un nuevo modelo de vida social, moral y espiritual. Nuestra Nación debe mucho a la Educación de la época de la dominación turca. Hoy es un lugar común que la Educación durante aquellos tenebrosos tiempos contribuyó enormemente a conservar nuestras tradiciones e ideales nacionales, a alentar la fe religiosa, a preservar la identidad nacional. No hay duda de que fue el arma con la cual la "desgraciada estirpe" de los griegos ­como dice en algún lugar Mathaios Kamariotis, el primer maestro, director de la Gran escuela de la Nación­ pudo mantenerse en pie.

La Educación reforzó la moral de lucha del pueblo griego combatiente, y teniendo como ejes ideológicos básicos la Fe y la Patria ­recordemos aquel drama de elevada inspiración, "Adelante por la Fe de Cristo y la Libertad de la Patria"­, dio alas no sólo  a la lucha por la restauración nacional y la libertad, sino que también contribuyó en gran medida a asegurar las condiciones del progreso y el bienestar.

No deberá nunca abandonar nuestra memoria el hecho de que los cimientos para la preparación efectiva de la Nación con vistas a la lucha por su independencia fueron puestos por los inspirados maestros de la Nación, quienes fundaron, bajo la iluminadora supervisión de la Iglesia que estaba al frente de  la  Nación  ­el Patriarcado Universal­ las escuelas del helenismo esclavizado. Precisamente por ello es imperiosa la necesidad de conocer en todos sus aspectos la obra de aquellas  escuelas durante la época de la dominación otomana.

Cuando "todo lo arruinó el terror" de la época de oscurantismo de la tiranía otomana, la fe hizo milagros. Y la Educación, al calor, por supuesto, de la Fe. Educación  e Iglesia fueron el arma gemela que armó el desfalleciente brazo de los esclavos hambrientos para golpear a todo un imperio. Ésta fue la fuerza que se convirtió en gigante y consiguió asestar el golpe liberador, pasando por una preparación secreta (que elaboró la Iglesia) que responde al nombre de Educación.

La Libertad griega, antes de ser materializada, pasó a través de las escuelas alumbradas en los dolores de la esclavitud. Las escuelas de la época de la dominación turca, organizadas por la Iglesia e inspiradas por la fe y el anhelo de la restauración nacional, son una realidad viva. Escasas durante los dos primeros siglos siguientes a  la Toma de Constantinopla, aumentaron luego para llegar a convertirse durante los siglos XVII y XVIII en los faros que guiaron el levantamiento de la Nación y la consecución de los anhelos nacionales.

No tiene  razón  Martin Crusius, como correctamente  señala Steven Ransiman, ni  P. KIPPER, al sostener que la Educación durante la época de la dominación turca estuvo completamente ausente de Grecia. Fueron injustos al afirmar que los griegos, frente   a otros pueblos de los Balcanes, como los serbios o los  búlgaros, no experimentaron  un desarrollo importante "por su propia culpa".

A partir de mediados del siglo XVI tenemos un primer despertar en lo referente a la composición espiritual de la estirpe esclavizada, que  tuvo lugar  bajo la  supervisión de la Iglesia. Entonces se fundan, a un ritmo progresivo, numerosas escuelas  llamadas comunes (SCHOLAE TRIVIALES), museos, academias, museos sobre Grecia, y florece de este modo la semilla para la conciencia nacional.

Desde luego, tras la Toma de Constantinopla la situación era terrible. Pero en cualquier caso la actividad intelectual no había desfallecido completamente. E incluso durante el propio siglo XV, y todo el período del XVI y XVII, se distinguen bastantes intentos, bajo la supervisión y con el apoyo activo de la Iglesia, por que no se  eclipsara del todo la luz intelectual.

Con el paso del tiempo se va reforzando el esfuerzo por extender la Educación, hasta llegar a comienzos del siglo XVIII, donde se observa, tímidamente al comienzo, pero aceleradamente después, el desarrollo no sólo de la Teología y la Filología, sino también de la ciencias positivas.

Es el alba, como muy bien ha observado el gran historiador de la Iglesia Manuel Gedeón, de la actividad intelectual con un especial impulso de las ciencias, impulso realizado con notable concordia por intelectuales (de los cuales un gran porcentaje fueron ilustres clérigos), comerciantes y habitantes del barrio constantinopolitano de Fanari de gran poder económico. Ya a comienzos del siglo XVII se observa en Europa una eclosión del espíritu científico, así como del pensamiento filosófico. Se desarrollan las Ciencias Naturales, especialmente, la Medicina, la Química, pero también el Derecho, la Educación Clásica, la Arqueología  y la Filología.

El florecimiento de las nuevas ideas y del progreso, en general, de las ciencias, así como las ideas de la Ilustración francesa, son introducidas en Grecia  desde  comienzos del siglo XVIII, ya que entretanto numerosos estudiantes griegos, entre  los cuales muchos clérigos, amplían el campo de sus horizontes intelectuales en las Universidades de Venecia, Padua, Viena etc.

Este gradual renacimiento de la Educación griega, que condujo a la Ilustración del siglo XVIII, continuó hasta las primeras décadas del XIX. Durante este período se observa que en las recién instituidas escuelas, aparte de la mejora de los estudios gramaticales, los estudiantes son introducidos al espíritu de las Ciencias Naturales. En los recién fundados periódicos griegos, como el "Logios Ermís" ("El culto Hermes"), se publican tratados científicos originales, mientras que se llevan a cabo multitud de traducciones de estudios científicos europeos.

Pionero en este florecimiento de las Ciencias Naturales, así como introductor de la Ilustración, fue el ilustre clérigo e intelectual Eugenio Voulgaris (1716­1860), que en 1776 publicó en Leipzig su obra "La lógica recogida de entre antiguas y modernas fuentes"; debemos también referir, como destacados representantes de la época de la Ilustración neogriega del siglo XVIII, a Nicéforo Theotokis (1736­1804), Benjamín de Lesbos (1762­1824), Doroteo Proios, Ignacio de Hungría­Vlaquia, etc. Clérigos que se revelaron como verdaderos universitarios y contribuyeron decisiva y oportunamente al florecimiento de las Ciencias Positivas. Es ilustrativo el hecho de que Eugenio Voulgaris hiciera escribir en la escuela del monte Atos, donde enseñaba, a imitación de Platón, la siguiente inscripción: "Entre el geómetra, no lo impido a quien no quiera cerrraré las puertas".

Representativa, por otra parte, del fermento y preparación en el terreno de las Ciencias Naturales, es la llamada Disputa geométrica, que se desarrolla dentro del ámbito eclesiástico.

Demuestra de manera indiscutible la contribución fundamental de la Iglesia a la indagación científica de la época. Como refiere K. Sathas, "surgió la conocida disputa entre Eugenio Voulgaris y Balanos. Porque éste último, siendo sumamente experto en geometría elemental, pero desconociendo los más elevados conceptos de las Matemáticas, creyó haber resuelto el célebre problema de hallar proporcionales dos líneas dadas en proporción geométrica; envió la solución del problema a las academias de Europa sin comunicar nada a su rival, Eugenio. Los discípulos de Balanos, Zervoulis y Georgios, la dieron a la imprenta en  Venecia (1755), y Voulgaris, recibiendo en Atenas el libro de manos de Trifón (1755), refutó la solución, en una carta al remitente, con celo juvenil más vehemente de lo debido". Durante el período 1700­1820, como señala el historiador ­ investigador G. Karrás, en un conjunto de 33.512 manuscritos de todas la ciencias, 4.466 son del siglo XVIII y 915 de las dos primeras décadas del XIX.

Un importante número de los referidos manuscritos son particularmente estudiados por ilustres clérigos, que sirven extraordinariamente tanto a la Iglesia como a la Educación.    Nicéforo    Theotokis    hace    imprimir    sus    "Elementos    de  Física", "compadeciendo a sus alumnos que tienen continuamente ante los ojos", como dice, "el fatigoso y laborioso trabajo de copiar". Balanos Kosmás publica sus Matemáticas, y José Misiodas imprime la Teoría de la Geografía. Benjamín de Lesbos, por su  parte, destaca en la promoción de las Ciencias Naturales y proclama: "Donde hay progreso de las Ciencias, hay riqueza y poder, y donde faltan las artes y ciencias, miseria y desgracia".

El "Hermes Culto", revista en primera línea del desarrollo del espíritu científico durante la segunda década del siglo XIX, considera imprescindible que los jóvenes griegos tengan conocimientos de geometría, aritmética, geografía, medicina y química, conocimientos imprescindibles para la vida cotidiana, junto con  la necesidad de perseverancia en la fe y la tradición ortodoxa de la  Nación.

Es evidente que nos encontramos ante una plétora de trabajos científicos,  como señala el historiador Constantinos Paparrigópoulos, aunque no se produjo ninguna obra de arte valiosa, ya que prevalecía, como era natural en este trance histórico, la cimentación de infraestucturas prácticas que ofrecieran la facilidad en un futuro lejano de cultivar el arte en todos sus aspectos. Nuestro historiador nacional dice al respecto: "...Verdadero producto de la vida intelectual son las obras filológicas, científicas, técnicas. Y no es necesario demostrar que el arte no produjo ninguna obra genial digna de memoria durante este período de nuestra vida intelectual...".

Benjamín de Lesbos, distinguido matemático y astrónomo, clérigo, asimila los mensajes de los nuevos tiempos y trabaja con ardiente celo por transmitir los nuevos conocimientos del ámbito positivo, que tan necesarios son, a los jóvenes griegos. Defiende el gran valor de la tradición ortodoxa, a la vez que proclama con el prestigio de su profunda formación científica que "tenemos necesidad de libros nuevos, como son los de cuestiones de física, química y matemáticas, es decir, cuantos han aparecido desde 1805 hasta hoy".

La Iglesia, ante esta realidad de la nueva educación y de las necesidades crecientes relativas a la restauración de la libertad y la consecución de los anhelos nacionales, aprovechó las circunstancias presentes y, salvo escasas excepciones, mantuvo con sabiduría y prudencia una actitud de apego al sueño de los objetivos nacionales.

Según el Profesor Bl. Feidás, la Educación "no era un fin en sí mismo, pues funcionaba como iniciación secreta para la preservación y el apoyo a la conciencia y la esperanza macional". La crítica negativa de algunos estudiosos en lo referente a la actitud recelosa de la Iglesia frente a la entrada masiva de las nuevas ideas europeas, que promulgan el desarrollo de la ciencia, a menudo a costa de la moral y del espíritu tradicional, es errada. La Iglesia, portadora del genuino espíritu de la Cristiandad de Oriente, en el sentido de la preservación de las vivientes y elevadas verdades que emanan de la tradición ortodoxa, mantuvo en medio de diversas dificultades y carencias funcionales una actitud de estricto apego a los valores universales de la fe cristiana, pero con prudencia supo ponerse de lado de los auténticos pioneros del pensamiento científico.

Durante aquel duro combate, "en aquella agitación de pasiones entre los antiguos filósofos y los nuevos científicos, entre los fanáticos hombres de letras de la escolástica y los científicos y matemáticos ateos que no observaban la vigilia", como refiere M. Gedeón, los principios de la Revolución francesa se lanzaron a invadir espacios que habían vivido una tradición espiritual diferente. Las ideas de Rousseau y en especial de Voltaire ponían en peligro dogmas enraizados e inamovibles, y la Iglesia es cierto que se encontró en medio de una tempestad, cuyas olas de ateos y pseudosabios arrojaron a su nave a una gran tribulación. "De este modo la Iglesia Ortodoxa de Oriente a finales del siglo pasado", escribe el mismo M. Gedeón, "expresando una severa crítica contra la nueva filosofía... no condenó a Cristódulo el librepensador, ya que tampoco  había condenado previamente a Eugenio, ni a Trifón ni a Zarzoulis, ni a Misiodakas ni a Theotokis..., pero criticó lo que contaminaba los valores fundamentales".

La Ilustración, fenómeno que dejó sentir su presencia en las naciones europeas, y especialmente en Francia con los enciclopedistas, pasó las fronteras de la estirpe esclavizada, en una época de importante florecimiento económico.  Pero debido a  que, como refieren Bl. Feidás y N. Zacharópoulos, la Ilustración estaba conectada en occidente con hechos y circunstancias antirreligiosas, era natural que un grupo conservador de intelectuales y eclesiásticos griegos, por motivos de prevención referidos a la preservación de la autenticidad existencial del espíritu de la ortodoxia, mantuviera una actitud recelosa, y a veces incluso hostil, frente al espíritu y el ambiente social que cultivaba. Pero este recelo no tiene relación, en cualquier caso, con una actitud hostil frente a las Ciencias Naturales ­ Positivas, cuya genuina  función apoyaba la Iglesia.
No es ciertamente insignificante el hecho de que clérigos intelectuales se revelaron como destacados representantes de las ciencias positivas, no sólo mediante la redacción de estudios originales, sino también a través de la traducción de manuales científicos  extranjeros  serios,  de  la   compilación  y  copia  de  manuscritos,  de    suclasificación en las bibliotecas que se crearon, y del cuidado y comentario de las ediciones. Esto es obra y logro de la Iglesia de capital importancia  histórica,  que nadie puede pasar por alto. Los catálogos de los libros publicados en esta época nos ofrecen una clara imagen de la capital contribución de la Iglesia a la cimentación del espíritu científico y en concreto del cultivo de todos los ámbitos del saber humano.

Muchos hombres de la Iglesia, intelectuales con profundo conocimiento no sólo del ámbito teórico, sino también de las ciencias positivas ­ naturales, estuvieron a la vanguardia de una noble competición de redacción y publicación, generalmente "a expensas propias", de textos auxiliares de química, aritmética, geometría y otras disciplinas. Se habían dado cuenta de que ofrecer la Educación era difícil, si no imposible, sin la existencia de libros de texto. Para cubrir, pues, las crecientes necesidades del objeto de la Educación, elaboraron estudios en matemáticas y geometría, se ocuparon de traducir manuales extranjeros ­de célebres científicos europeos­, mientras que con su admirable polifacetismo intelectual escribieron importantes, para la época, estudios de contenido histórico, filosófico, médico, astronómico y jurídico.

Las listas de libros que vieron la luz en esta época de la Ilustración griega nos ofrecen una imagen clara de la efervescencia de la actividad científica, con ilustres eclesiásticos como pioneros. Las obras de E. Legrand, Papadópoulos­Vrettos Andreas, Ginis Mexas, A. Dimitrakópoulos, así como los correspondientes artículos especializados de Manuel Gedeón y de Sofronio Efstratiadis demuestran lo cierto de esta afirmación.

El fenómeno del desarrollo de las ciencias positivas ­ naturales durante el siglo XVIII constituye la cima de la evolución intelectual desarrollada durante el difícil período, para la estirpe esclavizada, de la dominación turca. El oscurantismo de la época, con la falta de libertad, las desfavorables condiciones materiales de vida y la ineducación, no constituyeron un grave e insuperable obstáculo para el renacimiento cultural y nacional. La Iglesia, guía espiritual y natural, desempeñó el papel más importante en la promoción de las ciencias positivas y, en general, en el desarrollo de la Educación. Las escasas excepciones de recelosa acogida al nuevo espíritu de las ciencias  naturales por parte de la Iglesia, no hacen sino confirmar la regla. Esta reserva se refiere a la indiscriminada introducción de nuevos modos de vida, que amenzaban la moral y la verdad viva de la Iglesia. Es de peso la opinión de Manuel Gedeón al respecto: "Nuevas enseñanzas y dogmas extranjerizantes agitaban las conciencias de los clérigos ortodoxos, pero hubo algunos intelectuales laicos que suscitaban cuestiones, avivando la indignación de la Iglesia, inspirando tal vez revanchas contra hombres sabios, cuya superioridad intelectual veían con desagrado".

Era natural que en esta nueva realidad, en la que se ponían en duda importantes valores, la Iglesia reaccionara. Quería que la fe permaneciera como coraza y fuerza espiritual dominante y vigorosa, y especialmente durante este período en el que la restauración nacional presuponía una profunda unanimidad, unidad espiritual y atención, alta moral, virtudes que emanan fundamentalmente de la fe. Con razón la Iglesia hizo depender el verdadero progreso de la forja del espíritu de la fe y la esperanza. Cuando no se amenazaba su preservación, con gusto se aliaba  con  el nuevo espíritu científico. Tenía conciencia de la gran importancia que entraña llevar  a cabo en la fe una lucha nacional. Las ideas sobre la autónoma consideración del hombre y del mundo, que difundían intelectuales que  habían  estudiado  en occidente, asustaban con razón a los pastores que luchaban por conformar el modelo del hombre cristiano.

Pero sigamos de nuevo a Manuel Gedeón. Apoyando la posición de la Iglesia, que se defendía cuando las convicciones ortodoxas corrían el peligro de que se quebrantara  la fe y la conciencia cristiana, dice: "Nuestra Iglesia ortodoxa mantuvo una actitud prudentísima, y no condenó mediante anatemas conciliares ni  siquiera  al propio José Misiodakas, que osó, en medio de aquella brutal, por así decir, competencia entre los intelectuales, aliados con los mercaderes, y los nuevos filósofos, separar al clero" y la educación religiosa de la alianza de la filosofía peripatética, quien osó enseñar y escribir algo inaudito en aquella época, que "ni Francia ni la filosofía moderna pervierte nada, sino que la frivolidad es lo que especialmente pervierte y arroja al hombre al ateísmo".

Es posible que Benjamín de Lesbos, Eugenio Voulgaris, Nicéforo Theotokis y otros afrontaran reacciones y precisamente entre los viejos maestros y ministros de la Iglesia, con respecto a la introducción de las nuevas ideas que fundamentaron las Ciencias Naturales. Pero estas reacciones, como la de Atanasio de Paros, Nicodemo del Atos, Jeremías III resultaron en favor de la cultura, porque favorecieron la creación de un clima de rivalidad intelectual que impulsó el florecimiento de la ciencia.

La mayoría de los maestros de la Iglesia, depositarios de la nueva educación europea, no cesaron de manifestar su fe en el cristianismo y en la tradición ortodoxa. Tenían profunda conciencia de que no era posible que los logros de los científicos pusieran  en duda la sustancia sobrenatural y el contenido litúrgico ­ redentor de la Ortodoxia. Es característico de la inquebrantable fe y la devoción por la ciencia cuanto escribe Benjamín de Lesbos pocos meses antes de la Revolución de 1821 en un libro suyo titulado "Geometría". "Según parece la Divina Providencia quiso que en el siglo XIX las musas de Pieria regresaran a su patria y llegaran al Parnaso. Y la luz de la buena nueva a través de una gran aurora se difundió a comienzos del presente siglo y difundida dio fuerzas y energía a la actividad de una vida antes  inexistente".

La estirpe se levantó para sacudirse el yugo de la tiranía otomana cuando estuvieron maduras las circunstancias que habían preparado con luchas y sangre la Iglesia y las escuelas de la esclavitud. Llegó a la redención con la Educación ilustrada que "respiraba" en el ambiente sacrificial de la Gran Iglesia de Cristo. Del Patriarcado Universal.

En Constantinopla existió siempre ­prueba de los privilegios eclesiásticos y la actitud tolerante de los sultanes en cuestiones culturales y administrativas­, no dejó de funcionar durante quinientos años, la Academia Patriarcal o, según su nombre posterior, la Gran Escuela de la Nación. Había además algunas escuelas comunes, elementales, que más tarde se hicieron de nivel superior, y algunas fueron faros de iluminación cultural, como fue la Escuela de Patmos, la célebre por la gloria y estimación que la rodeaba Escuela Evangélica de Esmirna (de donde salió una serie de grandes teólogos e intelectuales de enorme importancia, que regaron  la  árida tierra cultural griega) y otras escuelas notables, como la Escuela Ambelakia, de Tyrnavos, de los Serbios, de Kozani, la gloriosa Escuela Athonia, etc. En aquellos difíciles tiempos, el papel de la Iglesia fue decisivo en el intento de  la  liberación.  Toda la responsabilidad de la Educación emanaba por supuesto de la Iglesia.  La Iglesia trazaba el plan pedagógico, alimentaba a las escuelas con personal de sus miembros bien formados y se hacía cargo de los gastos con sus rentas. El maestro es ahora al mismo tiempo sacerdote o monje. Pero también el intelectual es, a menudo, metropolita o archimandrita. Iglesia, Educación y Literatura son servidas por los mismos ministros clericales. En la cumbre de todos, por supuesto, está el Patriarca.  Es su cabeza, el jefe por naturaleza y cargo de la Estirpe esclavizada y dispersa.

Se trata naturalmente del Patriarca de Constantinopla. Una o dos veces, no obstante, en oscuros momentos de terror, las riendas pasaron tácitamente a Jerusalén, o a Alejandría. Los maestros e intelectuales laicos eran algo infrecuente durante los primeros siglos de la esclavitud. os hábitos habían monopolizado la literatura y las letras, pasando la vida en un monasterio, donde los clérigos tenían la posibilidad de crecer intelectualmente y convertirse en dirigentes, en el momento en que empezara la gran revolución liberadora nacional.

El Patriarcado Universal lo es literalmente. Un sustituto de la administración bizantina. Un estado eclesiástico que desborda las fronteras del Imperio de los otomanos. Sus instrumentos, son todos aquellos a los que iluminó con la Educación. Los intelectuales y los maestros que son al mismo tiempo hombres de la Iglesia. Literatura, Educación e Iglesia son sentidos que se interrelacionan y se alimentan entre sí, sirviendo a la fe y a la nación con la  misma devoción, desde  el humilde  grado del monje hasta el trono supremo del Primer Jerarca y Patriarca. Dos períodos de renacimiento cultural conoció la Grecia esclavizada, hasta llegar a la época de la Ilustración. Y ambos los propiciaron depositarios de grandes títulos, vestidos con hábitos. Fueron Cirilo Loukaris, para el primero, y Eugenio Voulgaris, para el segundo. El ideal de la belleza griega antigua, del que la Iglesia se ha hecho depositaria, alumbra por un tiempo ante los peligros presentados entretanto por la latinización.

La polémica de algunos historiadores contra la Iglesia por la cuestión de la lengua es injusta, porque la Iglesia combatió "en la forma" la lengua demótica (popular) temiendo el alejamiento cultural de la "belleza clásica", antigua. En  realidad, permitió oficialmente su uso para instruir al pueblo. De la Iglesia, en gran medida, brotó el cultivo de la lengua demótica aunque pareza extraño. Para comprobarlo no hay sino apelar a la multitud de sus maestros que predicaron con inspiración,  dejando muestras plásticas y ejemplares de lengua demótica que garantizan sus derechos. Todo este festín cultural, que alumbró a los cristianos del imperio otomano  y los preparó conscientemente para enarbolar el estandarte de la revolución, tuvo lugar en medio de diversas dificultades, y da la medida de la realmente colosal contribución de la Iglesia a la lucha de 1821. La rebelión del siglo XVII costó el ahorcamiento de tres patriarcas. De las decenas de patriarcas que ascendieron  al trono desde la disolución de Bizancio hasta el gran momento del '21, sólo trece cerraron sus ojos en paz. Todos los otros cientos de obispos murieron apuñalados, ahogados, exiliados, enacarcelados...

Esto como debida respuesta a algunos autores actuales que desvirtúan la Historia. "Arca de la estirpe esclavizada", la Iglesia de Grecia, como ilustrativamente refiere el insigne  historiador  Constantinos  Paparrigópoulos,  cargó  con   todo  el  peso  de   la educación, que iluminó y calentó a los cristianos que se encontraban en "la oscuridad y la sombra de la muerte". Contribuyó oportuna y decisivamente a la causa de la liberación. Qué gran razón tenía Therianós al decir: " ...La Iglesia Ortodoxa dio calor a las letras griegas en una época adversa y difícil, siendo nutricia a la vez que salvadora en días de miseria y desgracia".


FONTE: Αποστολική Διακονία της Εκκλησίας της Ελλάδος

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